Enseñar transforma: mi experiencia como docente en el Johan Cruyff Institute

Una reflexión sobre educación, liderazgo y visibilidad, y sobre cómo la docencia puede convertirse en un espacio compartido de crecimiento, propósito y aprendizaje encarnado dentro de la industria del deporte.

Teresa Carvi

6/28/20253 min leer

Hace un par de años, me concedieron una beca otorgada conjuntamente por el Johan Cruyff Institute y AEMED (Asociación Española de Mujeres Ejecutivas y del Deporte) para cursar el Máster en Football Business, en colaboración con el FC Barcelona. Aquel año fue intenso: compaginar las exigencias del máster con mis responsabilidades como Production Manager en LALIGA TV International se convirtió en un verdadero reto personal y profesional.

En aquella edición, solo tres mujeres obtuvimos la beca. Éramos las únicas mujeres de toda la clase. Esto me llevó a reflexionar sobre la baja visibilidad de las mujeres en determinados espacios de liderazgo dentro de la industria del fútbol y del deporte. Me di cuenta de que, por un lado, siguen existiendo muy pocos referentes femeninos visibles y, por otro, que muchas mujeres (yo misma incluida en algunos momentos) no terminamos de reconocernos como tales. Y si no nos reconocemos a nosotras mismas, ¿cómo vamos a inspirar a otras? Además, hubo algo que me llamó especialmente la atención: no había ninguna profesora mujer.

Ese fue el inicio de un diálogo consciente y significativo con el Johan Cruyff Institute. Desde su apertura y su visión integradora, me ofrecieron la oportunidad de compartir mi experiencia y mi conocimiento en media y broadcast dentro de varios de sus programas de máster.

Este último año, asumir el rol de docente ha sido un verdadero regalo.

Primero, porque he podido ponerme al servicio del talento emergente que está dando forma al futuro de nuestra industria, algo que siempre ha dado un profundo sentido a lo que hago. Y segundo, porque he comprendido que enseñar no consiste solo en transmitir conocimiento, sino en sostener espacios de crecimiento. No solo estaba enseñando sobre media; estaba acompañando a los alumnos en sus proyectos finales de máster, invitándolos a un proceso de descubrimiento y de mayor alineación interna.

En ese camino, les pedí que tuvieran en cuenta tres pilares esenciales a la hora de construir sus ideas:

Impacto social – ¿Qué huella significativa deja tu proyecto? ¿Qué cambio quieres generar a través de él, grande o pequeño, dentro del mundo del deporte o más allá?

Viabilidad y claridad – ¿Tu idea es realmente ejecutable? ¿Está lo suficientemente aterrizada como para poder implementarse como una iniciativa interna en una empresa o como un proyecto emprendedor propio?

Integración personal – ¿Dónde estás tú en este proyecto? ¿Cuál es tu lugar en él? ¿Qué aportas que sea único de tu historia, tu recorrido, tu visión?

Este último punto solía ser el más difícil. Porque no nos han enseñado a incluirnos en nuestras propias ideas. El sistema educativo tradicional nos ha entrenado para aprender datos, reproducirlos y superar exámenes. Pero eso no nos enseña a imaginar, a posicionarnos ni a traer nuestra propia voz a lo que creamos.

Ese es el cambio que traté de acompañar: un nuevo paradigma en el que lo que construyes no nace solo de lo que sabes, sino de lo que te mueve. No basta con tener una buena idea. Tiene que conectar con algo que te entusiasme y, desde ahí, tomar forma en algo real. Porque las ideas, si no se encarnan, acaban desvaneciéndose.

Así que trabajamos para convertir cada proyecto en algo concreto y vivo. Algo que pudiera presentarse como una propuesta de negocio a una empresa o lanzarse como un proyecto personal. Algo sostenible, tanto a nivel económico como emocional. Y, sobre todo, algo que llevara su esencia.

Porque cuando defines con claridad tu lugar dentro de tu propia idea —tu “por qué”, tu “desde dónde”, tu contribución única—, tu trabajo se convierte en un espejo. Habla de ti y llega a los demás de una forma mucho más profunda.

Eso es lo que más amo de este proceso. Que no me sentí como una profesora tradicional. Me sentí como una guía. Alguien que pone su experiencia al servicio del camino de otros. Alguien que sostiene espacios y hace preguntas reales. Y que, al hacerlo, también crece.

Porque enseñar, cuando se hace desde la verdad, siempre es un proceso mutuo. En cada pregunta que hago, me la hago también a mí. En cada historia que comparten, reconozco algo propio. En cada proyecto, veo semillas de posibilidad.

El año que viene seguiré, y profundizaré, mi vinculación con el Johan Cruyff Institute, ampliando mi rol y estando aún más cerca de los alumnos. Quiero seguir abriendo puertas, ofreciendo presencia y, sobre todo, continuar inspirando y dejándome inspirar.

Gracias al Johan Cruyff Institute por la confianza y la visión. Y gracias, de corazón, a cada estudiante que me permitió acompañarle. Ha sido un viaje hermoso y poderoso. Uno que también me ha transformado.